Es mediodía y Zack está sentado frente a su computadora, jugando una
partida que le resulta un tanto aburrida. De fondo, escucha los ruidos de su
madre moviéndose por la casa, preparándose para otro de sus interminables
viajes de trabajo.
De repente, la voz de su madre lo saca de su ensimismamiento.
—Zack, ¿puedes venir un momento? —llama desde la cocina.
Zack deja escapar un suspiro exasperado. Siempre es lo mismo. Siempre
que está a punto de ganar una partida, algo o alguien lo interrumpe. A
regañadientes, deja el juego y baja las escaleras hasta la cocina.
—¿Qué pasa, mamá? —pregunta con un deje de fastidio en la voz.
Su madre le pide ayuda para cuidar a sus hermanitos, Nick y Talia,
mientras ella prepara la comida, su madre una ejecutiva muy exitosa una mujer
muy inteligente al igual que su padre, aunque muy jóvenes también, después de
tenerlo a el ambos se dedicaron a superarse para tener un mejor empleo y darle
una mejor vida, tomo tiempo llegar a la estabilidad cuando finalmente
decidieron darle su tan ansiado hermanito Zack ya estaba entrando a la
pubertad, aunque en cuanto nació Nick todos lo amaron incluido Zack el ya no
estaba en edad de jugar con el sin ser visto como un riesgo, recordar a Zack
rogando por un hermano impulso a la familia a crecer una vez mas si fue como
llego Talia dos años después de Nick, Zack estaba que reventaba de emoción,
pero como adolescente tenía una imagen que cuidar.
—¿Por qué no puedes contratar una niñera como todas las demás mamás? —se
queja Zack, aunque en el fondo sabe que es inútil discutir.
Finalmente, accede a cuidar a sus hermanos, pero su expresión muestra
claramente su descontento. Baja al sótano, donde los pequeños están jugando con
sus juguetes.
—Vaya, la fiesta del aburrimiento —murmura mientras se sienta junto a
ellos.
A pesar de su actitud apática, Zack disfruta secretamente del tiempo que
pasa con Nick y Talia. La diferencia de edad es grande, pero no le importa. En
el fondo, ama a sus hermanitos y los disfruta más de lo que está dispuesto a
admitir aún bajo tortura.
Después de comer en familia y de molestar un poco a su madre, Zack
regresó a su habitación y se sumergió nuevamente en su juego. Había alcanzado
un nivel secreto lleno de recompensas, donde solo él y otro jugador estaban
presentes. Se sentía orgulloso de ser uno de los mejores jugadores a nivel
mundial.
Mientras exploraba el nivel, en la pantalla de su computadora apareció
un mensaje inesperado: "Puedes hacerme un favor". Zack frunció el
ceño y dejó escapar un suspiro de frustración. ¿Qué demonios significaba eso?
—¿Un favor? ¿En serio? —murmuró para sí mismo, con tono de incredulidad.
Por un momento, consideró ignorar el mensaje y seguir con su juego, pero
la curiosidad lo venció. Con un gesto de resignación, decidió ver de qué se
trataba.
Al abrir el mensaje, Zack se encontró con las instrucciones claras. El
usuario, identificado como "RM", le pedía que ingresara a una
aplicación para obtener un código que le permitiría recoger un paquete en una
casilla postal cercana a su casa. No había más detalles ni contexto, solo la
tarea encomendada.
—RM, ¿eh? Más bien, Remitente Misterioso —masculló Zack para sí mismo,
renombrando mentalmente al usuario por sus iniciales.
La idea de obtener un favor de un jugador de élite lo intrigó, así que
decidió seguir las instrucciones. El proceso parecía simple: solo tenía que
compartir el código una vez lo obtuviera. No requería salir de casa ni pagar
tarifas, lo cual le pareció conveniente.
—Bueno, vamos a ver qué pasa —dijo Zack, mientras ingresaba a la
aplicación y seguía las indicaciones.
Aprovechó para tomar una captura de pantalla del código, pues no quería
perder tiempo anotándolo a mano. Después de todo, ser un poco flojo era parte
de su encanto, al menos así lo veía él.
Al recibir la simple respuesta del Remitente Misterioso, Zack frunció el
ceño. "Gracias, te debo una", decía el mensaje. Esperaba más
interacción, quizás alguna explicación o incluso otro favor en retorno. Pero el
remitente parecía poco dispuesto a conversar.
—Vaya, qué falta de emoción —murmuró Zack para sí mismo, decepcionado.
Pensó que si el Remitente Misterioso no quería hablar, él se lo perdía. No
obstante, decidió dejarlo pasar y concentrarse en el juego.
En las siguientes partidas, Zack experimentó una racha de buena suerte
que lo emocionaba. Cada movimiento que hacía parecía llevarlo más cerca de la
victoria. Atribuyó esta racha a su "buen karma", aunque en realidad
no entendía del todo el motivo detrás del favor que acababa de hacer.
—¡Ja! Debo estar en racha hoy —se dijo a sí mismo, con una sonrisa
socarrona. Las recompensas en el juego lo tenían más emocionado que nunca, y
cada vez se sumergía más en la experiencia.
Zack había estado jugando durante varias horas cuando la partida se
volvió increíblemente difícil. En un momento de desesperación, recordó que el
Remitente Misterioso era un jugador de élite y le debía un favor. Decidió
cobrarlo, enviándole un mensaje corto y directo.
—Hey, ¿puedes echarme una mano? —escribió Zack, esperando una respuesta.
Pero el Remitente Misterioso no tardó en aparecer en el juego, sin decir una
palabra.
Zack se sorprendió al ver cómo el remitente lo ayudaba a superar los
niveles más complicados. No hubo preguntas ni explicaciones, solo acción. Al
finalizar la partida, Zack le agradeció con un simple: "Gracias, te debo
una". Así comenzó un intercambio constante de favores entre ellos, aunque
a simple vista parecían sencillos, la falta de contexto los hacía parecer más
arriesgados de lo normal.
Zack continuó recibiendo mensajes del Misterioso Remitente, siempre
comenzando con la misma frase: "Puedes hacerme un favor". Al
abrirlos, encontraba instrucciones simples y aparentemente inofensivas. Le
pedían que diera likes, compartiera publicaciones, comentara en redes sociales
o compartiera una foto de personas o lugares al azar. Aunque Zack se decía a sí
mismo que era muy sencillo, una vocecita en el fondo de su cabeza le decía que
algo no estaba del todo bien.
—¿Por qué no pedir algo más interesante? —se preguntó Zack, tratando de
ignorar esa incómoda sensación.
—¿Mamá, puedo pedirte algo de dinero extra? Quiero llevar a los niños al
cine y después por un helado este fin de semana —preguntó Zack, tratando de
sonar casual.
—¿Qué es, Zack? No estamos en una buena situación para gastos extras
—respondió su madre con preocupación.
Zack suspiró, sintiendo cómo se complicaba su plan.
La situación económica ajustada de su familia, le dio una idea. ¿Por qué
no pedir dinero en lugar de un favor? Después de todo, sería una forma de
disfrutar de algunas cosas sin afectar el presupuesto familiar la idea no era
mala pero antes de ejecutarla barajó otra opcion.
—Bueno, ¿y si pido un préstamo y lo devuelvo en cuanto podamos?
—propuso, aunque sabía que la respuesta no sería favorable.
—Lo siento, Zack. No podemos arriesgarnos con préstamos en este momento.
Debemos ser prudentes —dijo su madre con firmeza.
Zack asintió, aunque por dentro se sentía frustrado. Era evidente que
tendría que encontrar otra forma de obtener lo que quería.
Zack recordó que aún no había cobrado su último favor, así que ingresó
al juego para contactar al Misterioso Remitente. Con su característico
sarcasmo, se burló de lo fácil que era llegar al nivel secreto para toparse con
RM.
—Vaya, vaya, ¿quién lo diría? El famoso RM cada vez más accesible
—murmuró Zack para sí mismo mientras escribía su mensaje.
"Puedes hacerme un favor", fue la respuesta instantánea del
Misterioso Remitente. Zack sonrió con malicia, preparándose para pedir lo que
quería.
—Bueno, RM, ya que estamos aquí, ¿podrías hacerme el favor de
depositarme una suma pequeña? Solo necesito lo suficiente para llevar a mis
hermanitos al cine —solicitó Zack, con un tono que mezclaba ironía y desdén.
La respuesta fue un simple "OK", seguido de una notificación
de depósito por una cantidad que dejó a Zack atónito. Era cuatro veces más de
lo que había pedido. Por un momento, sintió una punzada de miedo y sospecha,
pero el objetivo se había logrado, así que decidió ignorar todas las alarmas
que se encendieron en su cabeza.
—Parece que el señor RM está de buen humor hoy —comentó Zack para sí
mismo, tratando de ocultar su inquietud bajo su habitual actitud sarcástica.
El Misterioso Remitente no dijo nada más; ya no hubo mensaje de gracias.
Durante la ida al cine, el teléfono de Zack comenzó a sonar insistentemente.
Cuando lo revisó, tenía varias notificaciones en su correo, todas provenientes
del juego donde se encontraba con RM. Todas tenían el mismo título: "Me
debes un favor". Al principio, Zack se molestó, pero al recordar el extra
de dinero que RM envió, se sintió comprometido.
—¿Qué diablos quiere ahora? —masculló Zack, sintiendo cómo la ira crecía
en su interior.
Además, parecía que su suerte en los videojuegos no se aplicaba a la
vida real. Varios incidentes en el cine hicieron que no disfrutara la función e
incluso terminara la velada enojado. Estaba tan ansioso por regresar a casa que
cancelo todo el plan que tenia para Talia y Nick
—Olviden el helado, quiero irme a casa ya —dijo Zack, con brusquedad,
mientras pedía un taxi para ir de vuelta a casa.
Cuando llegaron a casa, simplemente corrió a encerrarse en su
habitación, donde ingresó al juego. Tal vez era el estrés, pero fue un poco más
complicado llegar al nivel secreto. Solo al ingresar, ya tenía varios mensajes.
Pensó que serían los mismos, pero todos eran peticiones diferentes.
—¿En serio? ¡Solo debo un favor! —exclamó Zack, frustrado, mientras
revisaba los mensajes.
Abrió uno al azar y la instrucción era simple pero ya no tan inocente.
Debía publicar un mensaje ofensivo en un grupo de feministas. Las instrucciones
ya traían el mensaje en cuestión. No debía responder a los comentarios y debía
crear una cuenta falsa, pero con la foto del perfil y el nombre que usaba en la
plataforma, ya que así podía reconocerlo.
—Esto es ridículo —gruñó Zack, pero siguió las instrucciones,
sintiéndose atrapado en un juego de RM.
Cuando estaba por terminar de una vez por todas con la interacción con
RM, su teléfono sonó. Acababa de recibir un depósito de cinco mil pesos en su
cuenta bancaria. RM había agregado en el concepto de la transferencia un
mensaje que lo perturbó más que la cifra: "Me debes UNA"
Después de esto Zack se sentía atrapado en un ciclo interminable de
favores para RM. Cada vez que cumplía uno, el misterioso remitente recompensaba
sus acciones con sumas cada vez más grandes. Aunque el dinero era tentador,
Zack continuaba más por miedo que por interés económico.
—Esto no puede ser bueno —mascullaba Zack para sí mismo, mientras seguía
realizando los favores.
Con el tiempo, los favores se tornaron más oscuros, rozando el
ciberacoso y comportamientos inapropiados en línea. Zack se encontraba
visitando páginas grotescas, realizando búsquedas aleatorias de cosas tanto
comunes como perturbadoras.
—Esto es tan retorcido como mi historial de búsqueda —se burlaba Zack,
con sarcasmo, mientras continuaba con las instrucciones de RM.
A pesar de justificarse a sí mismo que todo era en línea y no había
víctimas reales, Zack sabía en lo más profundo de su ser que no era correcto.
Sin embargo, la suerte parecía haberse invertido tanto en los videojuegos como
en la vida real. Aunque sabía que estaba mal, prefería tener un historial
digital a que RM se presentara en su puerta exigiendo un favor.
—Bien, solo otro favor más —se decía Zack, tratando de convencerse a sí
mismo de que todo estaba bajo control.
Sin embargo, todo cambió cuando el remitente le pidió que recibiera un
paquete de dudosa procedencia en su domicilio mientras su familia estaba en
casa. Zack se negó rotundamente, consciente de que esto podría poner en peligro
a su familia.
—¡Ni siquiera pienses que voy a hacer eso! —exclamó Zack con vehemencia
al leer el mensaje del remitente.
Después de negarse rotundamente a recibir el paquete de dudosa
procedencia, Zack se sintió aliviado por un momento, pensando que finalmente
había puesto fin a la pesadilla de favores ambiguos. Sin embargo, esa sensación
de alivio se desvaneció rápidamente cuando vio la respuesta del remitente en su
pantalla: “OK...habrá consecuencias”
—¡Maldita sea! —exclamó Zack, golpeando con frustración el teclado de su
computadora.
En ese instante, perdió el control de su ordenador. Lo que parecía un
simple mensaje de aceptación se convirtió en un ciberataque devastador.
Atónito, Zack observó impotente cómo accedían a su cuenta bancaria y la
vaciaban de golpe. Presenció horrorizado cómo los hackers también se
infiltraban en las cuentas de sus padres, llenándolas con cargos relacionados
con la pornografía, compras frívolas de lujo y artículos peligrosos. Incluso
las tarjetas de crédito personales y corporativas no escaparon, siendo utilizadas
para los mismos propósitos hasta alcanzar el límite.
—¡Esto no puede estar pasando! —gritó Zack, sintiendo una mezcla de ira
y desesperación.
El mensaje de RM había cambiado, pero no para bien.
—¿Qué demonios está pasando? —murmuró Zack, incapaz de asimilar la
magnitud del desastre que se desarrollaba frente a sus ojos.
Se sentía abrumado por la responsabilidad de lo que había desencadenado
al aceptar el primer favor del misterioso remitente. Ahora, con sus cuentas
bancarias vacías y las deudas acumuladas de sus padres, la realidad de la
situación golpeaba con fuerza. Zack estaba en shock, tratando de procesar la
pesadilla en la que se había sumergido sin darse cuenta.
Zack estaba en su habitación, sumido en la miseria de lo que acababa de
presenciar. La devastación financiera que había caído sobre su familia lo dejó
paralizado. Sus padres estaban de viaje, ajeno al golpe que sus finanzas habían
sufrido. Por su parte, Zack debía cuidar a sus hermanos, pero llevaba todo el
día encerrado en su habitación, perdido en sus pensamientos y enfrascado en su
propio tormento.
—Zack, ¿estás ahí? Tenemos hambre —la voz de su hermanito Nick sonaba a
través de la puerta.
Pero Zack los ignoraba. Estaba demasiado absorto en sus propios
problemas como para prestar atención a las necesidades de los demás.
—¡Zack, por favor! —insistía Talia, la voz cargada de desesperación.
Sin embargo, Zack seguía sin responder. Estaba molesto consigo mismo,
sintiéndose como un novato en juegos que ya dominaba. Le tomaba horas llegar al
nivel secreto, algo que solía hacer con facilidad.
—¿Por qué todo se está volviendo tan complicado? —mascullaba Zack,
frustrado, mientras trataba de concentrarse en el juego.
Zack llegó al nivel secreto donde ya estaba RM esperando, en un silencio
que parecía pesar toneladas. Sin embargo, era Zack quien debía tomar la
iniciativa. Tras un momento de duda, escribió el mensaje que se había estado
planteando:
—Acepto. Envía el paquete —ordenó con determinación.
El misterioso remitente respondió con solo un lacónico:
—Ok.
Y luego se desconectó, sin preguntarle por el favor de vuelta. Zack
esperaba que al menos hubiera una notificación de transferencia, pero no llegó.
Furioso consigo mismo y con la situación, se preguntaba si había hecho lo
correcto. La rabia lo envolvía, haciéndolo sentir como si estuviera al borde de
un abismo emocional.
Entonces, volvió a escuchar los golpes en su puerta, los mismos que
había estado ignorando todo el día.
—Zack, ¿estás ahí? Tenemos hambre —gritaban sus hermanitos, rompiendo su
ya frágil estado mental.
— ¡Zack, abre! ¡Tenemos hambre! —gritaba Talia, golpeando la puerta con
insistencia.
— ¡Sí, abre ya! —añadía Nick, golpeando la puerta con fuerza.
Zack, con los dientes apretados y la rabia palpable en su voz, les gritó:
— ¡Solo quiero que desaparezcan de una vez!
El silencio se apoderó de la casa, y Zack apenas si lo notó. Se sentía
como si estuviera en un vacío, con su mente dando vueltas una y otra vez en
círculos. Se levantó de su silla con un suspiro, decidido a hacer algo para
mitigar la culpa que lo estaba consumiendo.
— Maldición... —masculló para sí mismo mientras se dirigía a la cocina.
Con manos temblorosas, comenzó a preparar la cena favorita de sus
hermanos, tratando de enfocarse en la tarea en lugar de en sus propios
remordimientos. El sonido de los sartenes chocando y el aroma de la comida
llenando la cocina eran como distracciones bienvenidas para su mente
atormentada.
Cuando los platos favoritos de Talia y Nick estaban servidos Zack buscó
a sus hermanos por toda la casa, llamándolos con impaciencia mientras el
nerviosismo le recorría el cuerpo. Recordaba cómo les había gritado antes y eso
solo aumentaba su angustia.
— ¡Talia, Nick, bajen a cenar! —gritaba Zack, recorriendo cada habitación
en busca de algún rastro de sus hermanos.
Pero no había señales de ellos por ningún lado. Zack salió a la calle,
preguntando a los vecinos si los habían visto, pero nadie había notado nada
fuera de lo común. La sensación de desesperación crecía en él mientras seguía
buscando.
Finalmente, llamó a su madre, con la voz temblorosa y llena de
preocupación.
— Mamá, Talia y Nick... no puedo encontrarlos, he buscado por todos
lados, pero, no están —dijo Zack, luchando por contener las lágrimas.
Su madre llegó enseguida, con el rostro pálido de la preocupación y el
estrés visible en cada línea de su rostro.
— ¡Dios mío, Zack, ¡qué ha pasado aquí! —exclamó su madre, al ver la
expresión desesperada de su hijo.
Juntos continuaron buscando por los alrededores, pero seguía sin haber
rastro de los pequeños. Finalmente, decidieron acudir a la policía para
reportar la desaparición.
Los policías los recibieron con seriedad, tomando nota de todos los
detalles y prometiendo hacer todo lo posible para encontrar a los niños.
Durante la entrevista, Zack notó cómo la tensión se palpaba en el aire,
especialmente cuando los agentes encontraron la póliza de seguro de vida de los
niños, con su madre y él como únicos beneficiarios.
La mirada de su madre se volvió hacia él, llena de una mezcla de
angustia y reproche.
— ¿Qué está pasando aquí, Zack? —preguntó su madre, con la voz
temblorosa, la sospecha y el miedo se filtraban en su voz mientras reprimía la
acusación que tenia atorada en la garganta
Zack se negó con la cabeza, pensaba en que responder, pero no había
respuesta alguna que quitara la sospecha que pesaba sobre su cabeza ahora,
respondió como sabía hacerlo.
— ¿Qué esperas que diga, mamá? ¿Que los enterré en el jardín? —respondió
Zack con sarcasmo, mirando fijamente a su madre y a los policías que estaban a
punto de arrestarlo.
La furia en los ojos de su madre fue palpable. Sin mediar palabra, le
dio una bofetada que resonó en toda la habitación. Zack sintió el ardor en su
mejilla, pero su semblante permaneció imperturbable.
Justo en ese momento, el timbre de la puerta sonó, interrumpiendo la
tensa situación. Un mensajero estaba parado frente a ellos, sosteniendo un
paquete misterioso. Zack frunció el ceño, sabiendo que era el mismo paquete que
había aceptado recibir.
—Él dice que el paquete te puede ayudar a encontrar lo que perdiste
—murmuró el mensajero en voz baja antes de soltar el paquete y alejarse
apresuradamente.
Zack lo miró con recelo mientras se acercaba al paquete, sintiendo una
extraña sensación de inquietud. Sin embargo, la curiosidad lo llevó a tomar el
paquete entre sus manos y examinarlo detenidamente.
Los policías se acercaron con precaución mientras Zack sostenía el
paquete misterioso en sus manos. Sus ojos se posaron en el número de envío
impreso en la etiqueta, y de repente, un destello de reconocimiento iluminó su
rostro.
—¡Es el mismo número de envío del primer favor! —exclamó Zack, con los
ojos abiertos de par en par.
Rápidamente, sacó su teléfono y buscó la captura de pantalla que había
tomado del primer intercambio de favores. Con gestos frenéticos, les mostró a
los oficiales el mensaje inicial del remitente misterioso, así como la
solicitud de recibir el paquete en la casilla postal.
Mientras explicaba cada detalle, la expresión de los policías pasó de
escepticismo a intriga. Zack les contó sobre los favores aparentemente
inofensivos que había realizado, el repentino ciberataque que vació sus cuentas
bancarias y la extraña transformación de los favores en algo cada vez más
turbio.
Los oficiales, con gestos rápidos pero cuidadosos, rompieron el sello
del paquete y abrieron la pequeña caja. Con un silencio tenso en la habitación,
sacaron una nota doblada por la mitad. En el exterior, las letras formaban un
simple "GRACIAS", pero en el interior no parecía decir nada solo
había garabatos de formas.
—Miren esto... —murmuró uno de los oficiales, extendiendo un mechón de
cabello con el cuero cabelludo aún adherido.
Zack y su madre se miraron entre sí, atónitos. La realidad comenzó a
hundirse en sus mentes. Sus corazones latían con fuerza mientras observaban los
cabellos arrancados de raíz no quería hacerlo, pero su boca no lo obedeció.
—¿Qué... qué significa esto? —balbuceó Zack, con la voz temblorosa
sabiendo que no quería que respondieran en realidad.
Su madre, pálida como la nieve, no pudo articular palabra. Ambos estaban
paralizados, incapaces de comprender cómo algo tan terrible podía haber llegado
hasta su puerta.
Sin decir una palabra, Zack arrebató la nota de las manos del oficial y
salió corriendo. Los oficiales, desconcertados por la repentina acción del
joven, intercambiaron miradas confusas antes de darse cuenta de que algo estaba
mal.
—¡Deténganlo! ¡Está huyendo! —gritó uno de los oficiales mientras corría
tras Zack.
Las sirenas de las unidades de refuerzo resonaron en la distancia
mientras Zack se abría paso por las calles, con el corazón palpitando con
fuerza en su pecho. Sabía que esos garabatos eran un mapa, un mapa hecho por
Talia, quien siempre amaba dibujar mapas del tesoro.
Corrió por los alrededores, reconociendo los puntos de referencia que
Talia solía incluir en sus mapas. Cada paso lo acercaba más al destino marcado
por la X. Finalmente, llegó a un parque, donde el sol comenzaba a desvanecerse
en el horizonte.
—Esto tiene que ser aquí... —murmuró Zack para sí mismo mientras miraba
a su alrededor.
Encontró un montón de hojas y pasto acumulado cerca de un árbol, y entre
ellos, vio un pedazo de listón que se asomaba tímidamente. Con el corazón en un
puño, empezó a apartar las hojas, revelando poco a poco lo que se escondía
debajo.
—¡Talia! ¡Nick! —gritó desesperadamente, mientras las lágrimas le
nublaban la vista.
Cuando el viento levantó algunas hojas, los cuerpos quedaron al
descubierto. Zack se arrodilló junto a ellos, con la voz quebrada por la
angustia y el dolor.
—Lo siento... lo siento mucho... —murmuró Zack, con la voz entrecortada
por el dolor, mientras acariciaba suavemente los rostros de Talia y Nick,
deseando poder retroceder en el tiempo y cambiar las cosas.
A lo lejos, escuchó el sonido de las sirenas acercándose, pero en ese
momento, nada más importaba.
Los oficiales llegaron al encontraron a Zack junto a los cuerpos.
A pesar de la tragedia que se desarrollaba frente a ellos, la situación
era sospechosa: un joven huyendo de la escena del crimen y encontrando los
cuerpos de sus hermanos.
—¡Alto ahí! ¡No te muevas! —gritó uno de los oficiales, apuntando su
arma hacia Zack mientras se acercaban con cautela.
Zack levantó la mirada hacia los oficiales, con los ojos llenos de
lágrimas y la respiración entrecortada. Quería explicarles lo que había pasado,
quería decirles que no tenía nada que ver con la muerte de sus hermanos, pero
las palabras se atascaron en su garganta.
Los oficiales comenzaron a revisar el área, buscando cualquier pista que
pudiera arrojar luz sobre lo sucedido. En el historial de la computadora de
Zack encontraron evidencia perturbadora.
— Encontramos tus búsquedas sobre seguros, las páginas que visitas.
— dijo el oficial mientras aun le apuntaba
— Creí que sabia todo sobre crueldad y maltrato infantil, pero tu… —
continuo el oficial mirándolo con desprecio
— ¡Esos mensajes, tienes una madre muchacho! ¿Como puedes expresarte
asi de las mujeres? — decía el oficial tratando de contenerse entonces soltó la
pregunta que fue peor que un tiro de gracia
—¿Qué pasó te hartaste de los niños? —preguntó el oficiale, mirando a
Zack con total repugnancia.
Zack permaneció en silencio, sintiendo el peso abrumador de las
acusaciones implícitas en esas palabras. Recordó su comentario sarcástico hacia
su madre y la miró con ojos de súplica, tratando de deshacer lo que dijo entre
sollozos.
—Mamá, por favor... No puedes creerlo... Yo... yo nunca... —sus palabras
se vieron interrumpidas por el desmayo de su madre.
Los oficiales corrieron a auxiliar a la mujer mientras Zack era alejado
de su familia, con el corazón lleno de arrepentimiento y desesperación.
Los oficiales rodearon a Zack, con las manos esposadas y los rostros
endurecidos por la sospecha. Recordaron toda la evidencia en su contra: las
búsquedas perturbadoras, los mensajes misóginos, las horas de juegos violentos.
Lo trataron con hostilidad mientras lo conducían hacia el vehículo policial.
Al pasar cerca de donde su madre se recuperaba, Zack gritó en busca de
su apoyo. Insistió a gritos en que era inocente, que no había hecho nada malo,
pero ella lo miró con decepción e ira. Zack sintió cómo se desmoronaba por
dentro al darse cuenta de que su madre, el pilar de su vida, no creía en nada
de lo que él decía.
—¡Mamá, por favor! ¡Yo no hice nada! ¡Créeme! —gritó Zack, con la voz
quebrada por el dolor y la desesperación.
Pero los ojos de su madre permanecieron fríos, su mirada llena de
desconfianza. Zack sabía que todo había terminado. Aunque era su culpa que todo
esto hubiera sucedido, él no había matado a sus hermanos y quería que su madre
lo supiera. Sin embargo, en ese momento, en medio del caos y la confusión, Zack
sintió que había perdido la única persona que realmente creía en
él.
—¿Pueden darnos un minuto, por favor? —pidió la madre de Zack, con la
voz temblorosa pero firme.
Los oficiales asintieron y se apartaron discretamente, dejando a madre e
hijo solos por un momento. Zack esperaba triste y desesperado a que su madre
estuviera cerca, mientras las lágrimas amenazaban con desbordarse de sus ojos.
—Madre, yo... —comenzó Zack, pero las palabras se atascaron en su
garganta, incapaces de salir.
Pero entonces, la voz fría de su madre cortó el silencio.
—Zack —dice ella está parada ahí, entre los policías, mirándolo con ojos
duros y acusadores. Zack espera herido a escuchar lo que ella tenga que decir.
—¿Recuerdas todas las veces que pedías favores a tus fans, Zack?
—pregunta, su voz llena de un enojo apenas contenido.
Zack asiente con nerviosismo, sin comprender del todo a qué viene todo
esto.
—¿Recuerdas la navaja que tu padre te dio para tu primer día de campo?
Siempre andas con ella como si fuera un amuleto —continúa, su tono cada vez más
frío y despiadado.
El corazón de Zack da un vuelco al escuchar esas palabras. ¿Qué está
insinuando su madre? ¿Qué tiene que ver su navaja con todo esto? Sabia lo que
implicaba pero no quería preguntarlo, no quería oír la respuesta, no de su
madre
—Y recuerda, esa navaja no está muy afilada. No sirve para lastimar, ¿o
sí? —sigue su madre, su voz resonando con una crueldad que hiela la sangre—.
Solo sirve para cosas simples.
Zack se siente como si estuviera en medio de un torbellino. Las imágenes
de su infancia y sus juegos con sus hermanos se agolpan en su mente,
confundiendo aún más sus pensamientos.
—¿Qué hiciste, Zack? —la voz de su madre suena cada vez más fría y
distante.
Por un momento, Zack se queda sin habla. La navaja manchada de sangre
que su madre sostiene, la reconoce es suya, darse cuenta de esto lo llena de
miedo.
La culpa lo invade, dejándolo paralizado. Se pregunta si en un momento
de rabia pudo haber hecho daño a sus hermanos sin darse cuenta.
Entonces, en un susurro helado que le hiela el corazón, su madre se
acerca y le susurra al oído esas palabras que lo dejan sin aliento.
— Estamos a mano, Zack. Favor con favor se paga — dijo mientras que sus
ojos negros siempre bondadosos ahora refulgían con una crueldad que nadie podía
notar.

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De verdad aprecio que tomes tiempo de leerme estoy abriera a criticas fedback felicitaciones y tomatazos Me interesa mucho tu opinión y conocerte. Cuéntame algo de ti